Me ahoga respirar en esta habitación,
la tumba que forjaste con manipulación.
Sembraste la cizaña dentro de mi mente,
nublando mi razón tan silenciosamente.
Fingiste ser el faro en medio de mi mar,
tan solo para verme de a poco naufragar.
Desprecio las cadenas de tu dictadura,
no seré más la presa de tu noche oscura.
Me hiela la crueldad que esconde tu mirar,
que juzga cada paso que yo intento dar.
Mis manos ya no sienten, el fuego feneció,
tragado por la grieta que tu furia abrió.
Callé para evitar el golpe y la tormenta,
nutriendo a la serpiente que tu voz alienta.
Rompiendo el espejismo, derribo la pared,
¡jamás tendrás mi alma para saciar tu sed!
¡Me marcho! Destruyo tu jaula sombría,
encuentro la paz que mi alma pedía.
Mi fuego resurge, quemando el lamento,
antes de que me arrastre por siempre el viento.
¡Me arranco las marcas de tu traición!
Tu imperio de engaños logré derrumbar,
no hay látigo ni furia que me pueda callar.
Me abrazo a la tormenta, recupero el timón,
y borro de mi historia tu vil maldición.
La ruta es incierta, el destino lejano,
pero he destrozado tu yugo tirano.
¡Me marcho! Destruyo tu jaula sombría,
encuentro la paz que mi alma pedía.
¡Me marcho! Destruyo tu jaula sombría,
encuentro la paz que mi alma pedía.
¡Me marcho! Destruyo tu jaula sombría,
encuentro la paz que mi alma pedía.
Mi fuego resurge, quemando el lamento,
antes de que me arrastre por siempre el viento.
¡Me arranco las marcas de tu traición!
La puerta está abierta...
La guerra terminó.
El eco se apaga...
Y soy yo.