La última vela se apaga en el umbral,
tu silueta se pierde en el frío cristal.
Dejaste tu copa junto al ventanal,
un rastro de hielo, fue tu forma de estar.
Doblé aquella carta que no quise abrir,
no voy a cargar con tu forma de huir.
No voy a buscarte al cruzar el jardín,
ni a sangrar las heridas que dejaste en mí.
Adiós, amor, que el cielo te cuide,
que el viento te lleve donde no duela más.
Yo arrancaré tu nombre de mis labios,
y entre las cenizas no te voy a buscar.
Adiós, amor; cierro la puerta despacio,
el silencio se queda, tú ya no estás.
Dejaste la llave sobre el velador,
marcando tu huida en un viejo reloj.
Afuera la tormenta castiga el camino,
pero yo no pienso seguir tu destino.
No voy a pedirle al silencio razón,
ni a dejar que tu fantasma cruce este balcón.
Adiós, amor, que el cielo te cuide,
que el viento te lleve donde no duela más.
Yo arrancaré tu nombre de mis labios,
y entre las cenizas no te voy a buscar.
Adiós, amor; cierro la puerta despacio,
el silencio se queda, tú ya no estás.
Si alguna mañana se quiebra mi voz,
no voy a culparme por este adiós.
Tu carga descansa muy lejos de aquí;
ya acepté que la muerte te aparta de mí.
Adiós, amor, que el cielo te cuide,
que el viento te lleve donde no duela más.
Yo arrancaré tu nombre de mis labios,
y abriré mis alas para respirar.
Adiós, amor; cierro la puerta despacio,
el silencio se queda, tú ya no estás.
El frío, la llave, la luz del portal...
Tu caos se apaga.
Yo sigo aquí.