Te miras las manos manchadas de ayer,
cargando el peso de un cielo marchito.
No queda esperanza que puedas tejer,
ni luz que responda a tu oscuro grito.
Te cubres de niebla y de espinas la piel,
buscando el castigo en un bosque callado.
La sangre dibuja un sendero de hiel,
marcando los pasos del ángel juzgado.
La bruma te abraza, detiene tu andar,
y el miedo se asoma de cara al abismo.
No tienes excusas ni a quién culpar,
si siempre has sido el verdugo de ti mismo.
¡Cae en el vasto silencio otra vez!
Que el manto de sombras oculte tu herida.
Abraza el destierro con su desnudez,
y arrastra la cruz de tu alma vencida.
Un viento de escarcha castiga tu voz,
las ruinas te observan en lenta agonía.
Caminas sin rumbo, sin tregua ni Dios,
perdiendo la guerra al final de este día.
¡Cae en el vasto silencio otra vez!
Que el manto de sombras oculte tu herida.
Abraza el destierro con su desnudez,
y arrastra la cruz de tu alma vencida.
No busques perdón en la densa penumbra,
ni intentes huir de tu propia prisión.
La llama se apaga, ya nada te alumbra...
Se rinde el latido de tu corazón.