Bella mortal, que alteraste mi calma
con tu delicadeza breve y terrenal;
entraste en la noche a mi secreta alma
y quebraste mi silencio sepulcral.
Desde entonces no existe descanso,
ni refugio capaz de contener
este deseo imposible y humano
que jamás debí llegar a conocer.
En las tinieblas permanece mi destino,
atado a una existencia sin final;
mientras tú recorres un breve camino,
yo contemplo los siglos avanzar.
Y gritar…
¡gritar al cielo tu nombre!,
sabiendo que el tiempo te habrá de arrancar.
Tú cerrarás los ojos al final de tus días,
y yo seguiré aquí, obligado a recordar.
Quisiera ser abrigo de tus días,
la presencia que no puedas olvidar;
detener el temblor de tus despedidas
y cuanto el tiempo quiera arrebatar.
Qué amarga resulta ahora la eternidad
cuando aprendí contigo a amar;
antes los siglos eran soledad,
ahora será tu ausencia mi triste realidad.
Tú llevas en la sangre lo finito,
yo cargo con aquello que no acaba;
tu vida es un instante irrepetible,
la mía, una condena prolongada.
Y gritar…
¡gritar al cielo tu nombre!,
sabiendo que el tiempo te habrá de arrancar.
Tú cerrarás los ojos al final de tus días,
y yo seguiré aquí, obligado a recordar.
Bella mortal, mi única certeza,
mi más hermosa forma de sufrir;
eres la frágil y perfecta belleza
que nunca podré conservar junto a mí.
Y cuando llegue el último momento,
cuando tu mirada deje de buscar,
yo quedaré velando tu recuerdo,
sin poder seguirte, sin poder terminar.
Y gritar…
¡gritar al cielo tu nombre!,
sabiendo que el tiempo te habrá de arrancar.
Tú cerrarás los ojos al final de tus días,
y yo seguiré aquí, obligado a recordar.
Porque amarte no fue mi salvación,
ni tampoco mi forma de escapar;
fue descubrir, después de tantos siglos,
que hasta un inmortal puede temer la eternidad.
Bella mortal…
cuando tus días lleguen a su final,
yo seguiré pronunciando tu nombre
donde los siglos no dejan de pasar.